Topheon
Topheon es el sórax (una memoria virtual) de un antiguo funcionario cuya existencia se vio comprometida por un cáncer. Es un sórax bastante popular, lo visitan varias veces al día. La gente tiene incluso que programar una cita para poder hablarle (esto dado que los sórax no pueden tener conversaciones sincrónicas con más de una persona a la vez). Yo también quería verlo, por ello decidí separar un espacio en la agenda que se creó para Topheon. Por espacio me refiero a una fecha con una hora tentativa, pues se sabe que en ocasiones la gente no respeta dicha agenda, pero era optimista en que la fecha y la hora que había agendado serían respetadas por los demás.
Así pues esperé por dos meses. Durante aquel tiempo organicé mis ideas. Quería poder abordar lo esencial rápidamente, de modo que mi tiempo con Topheon no comprometiera la reservación de alguien más. La verdad es que estuve esperando con ansiedad que llegara la fecha. Dicen que después de hablar con Topheon tu vida cambia o, más exactamente, algo importante en tu vida cambia. Dicen que quienes han hablado con él consiguen el éxito en un proyecto en particular. Como si esta memoria virtual te diera la solución precisa a un proyecto en concreto, a uno solamente. Por eso yo también quería intentarlo y, aún si todo resultaba ser un mito, la curiosidad ya era suficiente razón.
Fue por la época cuando comenzaba mi primer trabajo después de la ingeniería. Al principio los horarios parecían comer todo el tiempo. Pero me las ingeniaba para tener un poco de espacio libre, era entonces cuando tomaba aunque fuera un simple lápiz y comenzaba dibujar. Naturalmente no dibujaba nada relacionado con los planos que debía hacer en el trabajo. No, yo dibujaba lo que imaginaba: animales y plantas en fondos fantásticos que mi mente reproducía. También, ilustraba y pintaba selvas espesas de cielos violáceos con árboles enormes y de raíces tabulares.
En muchos de esos dibujos volcaba amarguras, nostalgia pero también esperanzas y contentamiento. A veces caía en el interior de la oscuridad de una corteza de un árbol y en esa oscuridad hallaba comodidad. A veces una corteza negra era habitada por una galaxia de colores fluorescentes dentro de los cuales me fundía y soñaba vivir en otro universo.
Mi mente se perdía también en el laberinto de hojas de los doseles que pintaba. Me convertía yo en toda la gama de verdes: desde el verde claro de los retoños hasta el verde oscuro de las hojas viejas. En fin, siempre que mi mente y corazón estuvieran distraídos con una ilustración, cualquier amargura se disipaba.
La primera desilusión amorosa se diluyó en una extravagante pasiflora en medio de una vegetación azulada; la frustración de los parciales y exámenes perdidos se convertía en ríos efervescentes de aguas magenta. El divorcio de mis padres trajo muchas ilustraciones de escarabajos, enjambres de escarabajos volando en un cielo azul rey sin sol.
Sin embargo, después de mi primera pasantía, y, en especial desde que había comenzado mi primer trabajo, no conseguía hacer siquiera un boceto simplón de un árbol. Era como si cada trazo, cada pincelada me recordaran cuán banal y predecible era todo lo que hacía. Sin importar el medio (tableta virtual, acuarelas, óleo, lápices), el resultado siempre era frustrante. Al principio pensé que sería algo pasajero, pero pasaron los meses y no lograba recrear los dibujos de antes. En cierto modo, sentía que había perdido la creatividad. Nada especial me venía, cualquier trazo desencadenaba frustración.
Por eso quería hablar con Topheon, porque además él mismo había sido un artista, cuando vivía: un escritor y, aunque su éxito fue póstumo, su calidad no se ponía en duda. Su obra comprendía cuentos cotidianos con trasfondos agridulces, poemas épicos de los Blaquenses, novelas policíacas e incluso ensayos cómicos sobre su trabajo en la alcaldía. Aunque, la verdad, yo solamente había leído una novela suya y un poema, este último con fines utilitarios. Consideraba que lo que sabía de Topheon ya me era más que suficiente para una simple visita de media hora.
***
Llegado el día, al cabo de los dos meses, me puse el casco y los guates y entré en la versión simulación de Guacardom. Pronto me encontré en la versión virtual de la alcaldía, donde Topheon habría trabajado antes de emigrar. La alcaldía no era más que una una casita de paredes blancas y de acabados verdes, estaba hecha en el estilo que llaman colonial. Esta miraba hacia el parque central en cuyo interior había un enorme samán que, a la manera de una gran sombrilla, extendía su copa por la casi totalidad del parque.
Había leído que el código para acceder a Topheon debía ingresarse en ese parque y no en la alcaldía. De modo que caminé bajo el samán hasta su tronco, en el centro del parque. Una vez allí, vi al rededor del tronco cuatro bancos. Uno verde, uno azul, uno blanco y uno negro. El código era simple, tenía que sentarme en cada banco en un orden preciso. Así lo hice: me senté por unos segundo en el banco verde, luego en el blanco, luego en el verde otra vez y finalmente en el negro. Sentado en el banco negro invoqué al sórax evocando uno de sus deseos más íntimos:
«Topheon, en vida, nunca nadie editó tus libros pero ahora eres famoso y todos conocemos al menos uno de tus poemas».
En seguida, para completar el código de acceso, recité las últimas estrofas de uno de usos poemas.
« Adiós, inmensos árboles de doseles siempre verdes, Adiós, montañas míticas donde vuelve siempre el alma. Sí, recordará mi mente; no, yo no estaré en sus mentes. Árboles serán plantados, y árboles serán cortados. Una y otra vez, muy lejos, yo renaceré, mi amigo. Pero moriré, las mismas veces al igual que Oquendo. »
Entonces la copa del samán se agitó suavemente al soplo de una ligera brisa. Un pájaro trinó un silbido de dos notas, lo busqué con la mirada, pero no lo encontré. Con lo que se toparon mis ojos al hacer el escaneo del entorno fue con un hombre sentado en el banco azul. Sonreí complacido al verlo, la gente había respetado la agenda. Estaba en frente de Topheon, quien no tardó en hablarme.
«Y así fue, nunca volvimos a este pueblo y morimos lejos de aquí», dijo el sórax mirando fijamente el tronco del samán. En seguida, sin dejar de mirar al árbol se presentó. «Buenas tardes, somos el contorno de Topheon Swasor. Este es el acceso número 2105 ¡A la orden!».
Escruté el semblante del sórax. Su voz se escuchaba llena de entusiasmo pero su mirada estaba perdida. Tan solo al verlo, uno podía pensar que esa persona quería estar a solas para poder digerir sus pensamientos. Por eso me entró el apuro y fui al grano como lo había planeado.
«Topheon, quisiera que me ayudaras con algo. Sé que en vida, fuiste un gran escritor, aunque nadie te reconociera. ¡Yo también creo! Yo dibujo, hago ilustraciones y pinturas. Tampoco nadie me reconoce pero dibujar es algo que no quiero dejar de hacer. Lo que pasa es que hace mucho no lo logro. Me gustaría que me ayudaras a volver a encontrar la creatividad».
En seguida le presenté un archivo con un texto en el cual detallaba todo lo que consideraba relevante al contexto. Topheon recibió el archivo, casi de inmediato volvió su cabeza hacia mí y dijo sonriendo «además de dibujar te gusta escribir». «Sí», le dije y después solté una risa nerviosa apartando mi mirada de sus ojos dorados. Aquellos ojos suyos brillaban con el resplandor de un metal, eran intimidante, por eso le hablé sin mirarlo. «No logro enfocarme, lo que hago no me gusta, no siento que valga y no tiene la profundidad de antes. ¿De dónde sacabas creatividad?», pregunté con cierta vergüenza.
«¡Ah!, los bloqueos son siempre frustrantes», me dijo volviendo a fijar sus ojos en el vacío de pensamientos insondables. «Supongo que al igual que el silencio, una hoja en blanco puede llegar a ser muy incómoda. Yo también me enfrenté al bloqueo alguna vez. No escuchas nada y tartamudeas sonidos con rabia por no saber con qué palabra empezar. Lleno de expectativas, asumes que lo poco que se te ocurre carecerá de grandeza en el resultado final y entonces quedas mudo».
El iris de sus ojos centelleaba al hablarme. No respondí nada, lo que decía tenía sentido y ya me lo había plateado, aunque su elección de palabras era extraña. De cualquier forma, las cosas puestas en palabras de otros, toman más realidad y sentía verdadero interés en seguir escuchándolo, aunque nada de lo que dijera fuera nuevo.
Sin embargo, Topheon se calló. Suspiré ante su silencio. Miré las ramas del samán entrelazadas, que estaban vacilando al vaivén del viento. Pensé en su vida, en en ese fragmento de poema que había memorizado para poder invocarlo; pensé en su vida en el extranjero, en su enfermedad. Seguramente, a él nunca le habían faltado los temas para escribir. Tal vez él no podría entenderme después de todo.
«Por lo que leí, infiero que te sientes aburrido, desilusionado con lo que has hecho hasta ahora», me dijo de repente como si supiera lo que estaba pensado. «Tal vez quieras que tus dibujos le devuelvan el interés a tu vida. Pero tus dibujos reflejan conflictos internos, tu vida actual parece no tener demasiados. Por otro lado, juzgar lo que haces antes de hacerlo es un gran obstáculo, temiendo hacer algo de poco mérito, no haces nada. Si es así, déjame preguntar, ¿cuál es la escala con la que estás midiendo el valor de lo que creas?».
Solté una risa nerviosa y naturalmente volví a alejar la mirada de su cara. No entendía a qué se refería por «escala» pero creí entender hacia dónde iba. No veía ninguna escala pero me acordé de la expresión de mi padre al ver mis ilustraciones. Usualmente aprobaba mis dibujos con una expresión alegre pero no los contemplaba por más de medio minuto. Sin duda quería más de la gente que contemplaba lo que hacía. De cualquier forma, no iba a caer en su sicología improvisada e intenté despachar rápidamente su pregunta.
«Quiero que la gente valore más lo que hago pero eso no me frena... Pero es cierto, me parece que mi vida actual estoy embotado en una rutina simplona que no ofrece ideas». Y antes de que el contorno pudiera responder algo agregué; «de cualquier forma, lo que más espero de ti es que me permitas dibujarte».
Topheon sonrió sutilmente con sus ojos dorados clavados en la nada. Asintió y en seguida tomé el lápiz y la tableta virtuales. Haría un boceto allí y luego, fuera de la simulación, retomaría el dibujo.
«Si eso es lo que quieres, procuraré no moverme», me dijo. «Tal vez quieras variar el tema de tus obras, dejando de lado los dibujos de animales y plantas; pero por favor agrega el samán al retrato».
Me sorprendió que me pidiera algo, era un comportamiento poco frecuente en los sórax. Pero no objeté, aunque quería aventurar mi estilo a nuevos espacios a través del retrato pensé que añadir un árbol no cambiaría mucho en mi experimento. Con su última frase, intuí que Topheon adivinaba lo que pretendía yo hacer. Si ya no encontraba la pasión y la carga emocional para dibujar paisajes y animales fantásticos, dibujaría cosas simplonas, ¡como lo son la gente!
«Simplemente contemplar puede ser una acción tan honorable como crear», dijo. «Sí, retratar es como una forma avanzada de contemplar», le respondí sin prestar mucha atención a mis palabras, pues ya estaba concentrado en el boceto.
Pero pronto sorprendí a mi mente errando más allá del boceto. Al trazar los contornos y las líneas de expresión, uno no puede evitar pensar en la persona que dibuja y en su vida. De modo que me encontré pensando de nuevo en Topheon. Me di cuenta de que en realidad, sabía muy poco de él como persona, más allá de lo que se decía en los foros en línea.
Lo que sabía era que había fallecido hacía unos años por un cáncer, a saber cuál. Había muerto en una embajada en el extranjero y que su cuerpo no había sido repatriado. Presuntamente habían enviado las cenizas a la alcaldía de Guacardom y esta las puso en un osario en el cementerio municipal. Al morir, habiendo alcanzado el puntaje necesario, el sistema de esta simulación, creó entonces su memoria virtual, la cual yo estaba dibujando en aquel momento. Ignoraba si había tenido hijos, por qué había emigrado, quiénes eran su familia, en esencia ignoraba su vida personal.
Cuando llegué a los trazos de la mirada, no puede evitar pensar que sus ojos de iris casi amarillos eran demasiados extraños, pero no lograba saber por qué. Era algo además del color. Por esta razón me estaba costando dibujarlos. Avergonzado por mi falta de pericia, el silencio de palabras me pareció incómodo y decidí llenarlo como quien lanza una banalidad a un colega de trabajo.
«¿Qué te gustaba de escribir?», pregunté.
El contorno me respondió sin mover nada más que la boca.
«Nos gustaba construir mundos y explorarlos. Pero, al igual que tú, la mayoría de las veces creábamos para hacer catarsis...».
Elaboró por unos instantes más su respuesta. Mientras tanto, yo seguí bregando en dibujar esa mirada clavada en ningún sitio.
Fue ahí cuando lo entendí, en sus ojos inmóviles al hablar. Me dio vergüenza no haberlo entendido antes. Pude haber leído más antes de visitarlo, después de todo. Ahora la constatación me golpeaba como un balón de fútbol que pierde su rumbo y termina golpeándote.
Sus ojos brillantes pero sinceros. Su mirada enfocada en la nada, su manera de observarme sin verme: Topheon era ciego. Solté una exclamación involuntaria tras la cual el sórax sonrió. De golpe las preguntas se amontonaron en mi boca. ¿Cómo había hecho para trabajar, para escribir? Había leído alguna vez algunos textos suyos y en ellos había descripciones coherentes, como de alguien que puede ver.
Sin que yo pronunciara alguna pregunta, Topheon explicó: «la visión no es la única entrada de información y las historias pueden ser tan sonoras como visuales».
De repente, ignorando mi trabajo de retratista, Topheon dirigió sus ojos brillantes hacia las ramas del samán. «Sin embargo, aquí sí vemos, vemos con cierta claridad las ramas de los árboles, las hojas, las cosas sólidas más voluminosas. Por eso en vida amábamos venir aquí, pasar tiempo en estas simulaciones. Nos permitían prepararnos a los entornos de la vida de afuera. Tal vez por eso describir los paisajes era un desafío que siempre intentábamos ponernos en lo que escribíamos».
Topheon mantuvo su mirada en las ramas un buen rato. Yo aproveché para continuar con el boceto. Después de oírlo, una energía inusitada me había embargado. Pero está vez me enfoqué en el samán, para que sus ojos pudieran reposarse en algo.