Archivo narrativo

Topheon To Dlomkrif

Borrador narrativo publicado directamente desde los textos fuente del proyecto.

Al mediodía, durante la pausa del almuerzo, voy al banco de siempre en el centro del parque, en el centor del pueblo. Me quedo sentado un tiempo hasta que comienzo a escuchar las ramas del samán menaearse y frotarse entre sí. Espero, escucho. El murmullo de las ramas me muestra poco a poco la forma del árbol, cuyos brazos se extieneden hasta cubrir todo el parque. Escucho el susurro de las ramas más lejanas arriba y sé que el árbol es tan alto como el edificio de la alcaldía.

Rememoro las siluetas de la simulación y entonces siento ver los gruesos tallos que se desprenden del pesado tronco como la sangre desde el palpitar del corazón a través de la ramificación de las venas hasta el confín de los dedos. De la explosión de las ramas se desprenden tantas hojas que, bajo la copa, ningún rayo de sol logra tocar la tierra.

La inmensa copa abriga las corpulentas raíces que, espejo de las ramas, se extienden por todo el lugar hasta llegar a los adoquines de la acera, los cuales comienzan curvarse según la forma de las raíces. La copa protege los cuatro caminos que conducen desde las orillas del parque hasta el interior donde estoy sentado. Me parece sentir el afán de las ramas del samán por alcanzar algo más allá del parque. Los brazos, incapaces de contenerse, avanzan hacia afuera, parecen querer llegar hasta las ventanas del segundo piso de la alcaldía, pero en el camino se van bifurcando en varias ramas y ramillas que a veces el viento quiebra y caen hasta donde las puedo sentir con el bastón.

Más allá de la sombra del samán no hay parque, más allá de los adoquines curvados por las raíces no hay parque: el parque es el samán, el samán es el parque.

Entonces siento una ligera variación en la temperatura y entiendo que la pausa ha terminado. Consciente de la inmensidad del árbol, me levanto temblando como si mis piernas se sintieran intimidadas ante el grosor de las raíces y el vigor del tronco. Camino por uno de los cuatro caminos tropezando varias veces con las raíces, que parecen cuerpos tumbados.

Es ahí, al chocar y sentir una de las raíces a través del bastón, es ahí cuando pienso en mi madre acostada en su cama. Me quedo inmóbil dejando que la mente reproduzca sus pensamientos. Percibo el recuerdo de mis piernas al sentarse en la cama donde ella está durmiendo, sineto los movimientos de su respiración. Siento el deseo de moverla, de despetarla, pero no puedo. Mi cuerpo sigue inmóbil, incapaz de dar un paso, en mi mente tamibién soy incapaz de moverme y sacudir a mi madre para que despierte y pueda escuchar su voz. Pero mamá está dormida y me da la espalda; no puedo despertarla. Siento que la garganta se contrae hacia sí misma, siento calor en los ojos. Incapaz de contenerlo, surge en mí el recuerdo del tacto de la mano arrugada de mi madre, aquella mano cuyo calor no volveré a sentir. Algo rancio se acumula en la garganta hasta que los ojos inservivbles lloran. Abro de par en par los pápados como para dejar salir las lágrimas acumuladas. Siento entonces en esos ojos inservivles, a través de la humedad de las lágrimas, una brisa ligera que hace susurrar la copa del samán.

Ese susurro libera mis extremidades y me permiten mover el bastón. En seguida doy un paso alto para pasar sobre la gruesa raíz que me había detenido y avanzo. Camino dejando atrás el centro del samán, del parque y de repente siento vértigo. Tan apegado está el corazón al samán, al recuerdo, que le parece una traición alejarse. Pero avanzo por encima del vértigo, porque tengo que trabajar, porque quiero que el tiempo pase, porque la inhercia de la costumbre me abriga como la copa de este gran árbol.

Me alejo del centro del samán, del parque, ¿del pueblo?, ¿de mí mismo?

En el momento en el que el primer rayo de sol toca mi cara, sé que he salido del parque. Entonces atravieso la calle y una vez he llegado a la acera, penetro en la alcaldía, subo las escaleras hasta mi oficina y entonces asomo la cara por la ventana para cerciorarme de la presencia del árbol, como si tal semental pudiera haber desaparecido mientras subía las escaleras.

Tomo una profunda inhalación y siento un levísimo cosquilleo en la nariz acompañado de una frágil fragancia a miel. Entiendo que son unas minúsculas partículas de polen del samán y exhalo, satisfecho de mi gran suspiro, el cual me habrá llenado de energía para completar el resto de la jornada.