Archivo narrativo

Topheonko Blablom

Borrador narrativo publicado directamente desde los textos fuente del proyecto.

Topheonko Blablom

Pinko dzin

Esto es cuanto se sabe acerca de cómo Topheon llegó a ser un sórax o una memoria virtual. Los sórax son memorias virtuales que se creean atomáticamente en UltraGranatam una vez se detecta la muerte de un jugador. Sin embargo, no cualquier jugador obtiene una memoria virtual; para ello hay que satisfacer dos condiciones, las cuales Topheon cumplió con creces.

Advertencia

Todo texto entrecomillado ha sido extraído directamente de los diarios o publicaciones de voz hechas por Topheon.

Desde que empezó su trabajo como secretario en la alcadía de su pueblo natal, Topheon jugó un promedio de 20 horas por semana hasta alcanzar un total de 35100 horas jugadas durante los 25 años que trabajó como secretario. Juntas, estas 35100 horas equivalen equivalen a cuatro años de juego, tres años más de lo requerido para la creación de un sórax. En cuanto a la segunda condición, Topheon descubrió y descifró muchos más de los 108 sórax necesarios. Así pues, mucho antes de su muerte, el sistema de UltraGranatam consideraba a Topheon como un jugador raíz y tenía la información suficiente para crear una memoria virtual de él.

Para entender la asiduidad con que Topheon jugaba hay que mencionar algo distintivo de su persona, lo cual lo acompañó durante toda su vida. Topheon era ciego, nació siéndolo y ningún tratamiento al alcance de su familia logró darle la vista. Pero sus allegados comentaban que fue un niño alegre y sano. Creció siendo funcional e incluso, después del colegio, logró obtener un trabajo en la alcaldía de su pueblo natal, Guacardom.

Comenzó ayudandl en la logística y atendiedo asustos administrativos simples. Para crear documentos los recitaba y la computadora copiaba su voz; cuando tenía que leer algo, era la misma computadora, o su teléfono portátil, la que le narraba las frases. Su firma era su voz (incluida su manera de hablar) y sus huellas dactilares.

Con el tiempo, una vez toda su generación se hubo marchado a estudiar o trabajar en ciudades más grandes y una vez que todos los trabajadores más viejos se hubieron pensionado, Topheon se convirtió en el agente más antiguo de la alcaldía y del pueblo. Además, después de los primeros diez años de servicio, y tras cientos de alcaldes, que nunca duraban más de dos años, se volvió en la única persona habilitada para manejar cada pormenor que surgiera en aquella alcaldía de aquel minúsculo pueblo de 5000 habitantes.

Así fue como, sin darse cuenta, Topheon aseguró para sí mismo un trabajo ---y la rutina que lo acompañaba--- por más de dos décadas. Día tras día Topheon cumplió con disciplina militar aquella rutina suya, una rutina cuadrada y simple que solamente se veía interrumpida por dos o tres festividades. Se levantaba poco antes del alba y cuando el sol salía, él salía a la calle con su bastón. Caminaba los 700 metros hasta la alcaldía, subía sin dificultar hasta el segundo piso y entraba en su oficina, al lado de la del alcalde. Allí, tras varios años de experiencia, adminsitraba el presupuesto, planificaba arreglos en la infraestrucutra del casco urbano; leía y solucionaba quejas y reclamos; se cercioraba del estado de la bilioteca pública, de la estación, de las zonas verdes, del hospital, del colegio; mantenía al día los contratos con las empresas de transporte y de aseo; revisaba el estado de las licencias ambientales... hacia todo cuanto tuviera que hacerse para mantener el pueblo administrativamente al día. Cuando su firma no era suficiente, hacía firmar las cartas, actas y contratos al alcalde de turno.

Topheon nunca fue alcalde, pero no por falta de voluntad, de cuando en cuando, se sorprendía pensando que si trabajo sería más fácil si tuviera ese título. La verdad era que Topheon era blaquense y los blaquenses no pueden ser alcaldes ni nada parecido. Pero ello nunca lo incitó a dejar de lado sus funciones, que hacía siempre de buen agrado, al menos es lo que él expresaba y todos los guacardenses pensaban.

Pero para él el éxito profesional, no era más que una nimiedad, su vida no se limitaba a la alcaldía. Topheon mantenía una vida paralela que, según sus diarios, lo llenaba de energía. Después de cada jornada laboral, tomaba de nuevo su bastón y desandaba los 700 metros hasta su casa, comía lo que su madre hubiera preparado y se conectaba a UltraGranatam hasta que el sueño lo vencía.

Gracias a unos implates y un casco especial, Topheon lograba «ver» lo que ocurría en el juego. Aunque «ver» es un eufemismo de «percibir algo parecido a la visión». En realidad, su celebro reproducía ciertas siluetas borrosas que con el tiempo aprendió a discernir como objetos distintivos en UltraGranatam. Debido a la configuración del implate, diseño personalizado y orientación hacia la interacción virtual, es imposible saber con exactitud lo que Topheon «veía». A menudo, en sus frecuentes publicaciones, Topheon solía hacer descripciones extensas de paisajes y usuarios virtuales, anque solía tratarse de descripciones simbólicas sin meciones explícitas a la «forma» de las cosas.

Además de ser un jugador empedernido, Topheon producía textos con casi la misma disciplina con la que jugaba. Escribió una gran variedad de historias y novelas, casi siempre inspiradas en el juego. Para escribir, del mismo modo que hiciera en su trabajo, Topheon recitaba sus historias las cuales eran transcritas por una extensión del mismo juego.

Cuando no estaba trabajando, haciendo una misión, recolectando pistas para descifrar memorias virtuales o compitiendo con otros jugadores, Topheon pasaba el tiempo en el parque central de su pueblo, tanto en la simulación como en la versión física. Se sentaba en uno de los bancos al rededor del samán del parque y, si estaba en la simulación, recitaba sus historias. Si no, si estaba en el pueblo real, simplemente se quedaba sentado en el banco, con una mano en su bastón, absorto en sus pensamientos. Saludaba por el nombre a la gente que pasaba de vez en cuando; pues, aunque no le hablaran, Topheon sabía quién era quién por el ruido distintivo que tenía cada persona al caminar.

La gente de Guacardom lo describía como alguien amable y risueño, pero fuera de su trabajo solitario en extremo. A sus treinta y cinco años, además de su madre con quien vivía, seguía sin tener un amigo propiamente hablando. Sin embargo, Topheon mantenía varias relaciones en UltraGranatam, las cuales él consideraba como sus amigos.

Cuando UltraGranatam comenzó a admitir jugadores extranjeros, Topheon rápidamente simpatizó con varios de ellos. En particular, había un jugador llamado David Gaoxin (nombre de jugador GaoDave) con quien estableció una relación que duraría hasta sus últimos días. David era un opuesto, un arquetipo de las cosas más osadas a las cuales, aún queriéndolo, Topheon nunca se atrevería.

Al principio, cumplían misiones juntos, hallaban tesoros, fichas de recompensa, desentrañaban memorias virtuales y visitaban virtualmente diferentes lugares de Koldom. Más tarde, las conversaciones pasaban también fuera del juego, por mensajería instantánea. Entonces hablaban sobre la vida de cada uno, sobre la vida en su país respectivo; incluso intercambiaban ideas sobre temas políticos.

David ya hablaba el idioma de Koldom, aún así Topheon se dio a la tarea de aprender la lengua nativa David. Un idioma gutural, áspero como la ortiga pero expresivo y dulce como el betabel. En efecto, gracias a la constancia ritual con que ambos hablaban y a una gran determinación, Topheon logró fluidez en aquella lengua: el Walhabla.

Aquella relación se extendió por varios años. Aunque había periodos de declive y silencio, eran mayores los momentos compartidos llenos de palabras de entusiasmo y de curiosidad. Era una relación legítima cuyo único contratiempo era su misma esencia: la virtualidad. Hay quienes dice que de no haber sido por aquel suceso que trastornó a Topheon a tal punto de hacerlo incumplir su rutina, la relación se habría mantenido virtual hasta los últimos días de alguno de los dos.

Ocurrió un domingo en la mañana. Después de hacer el café, Topheon invitó a su madre a tomarlo con él, pero nadie respondió. La llamó varias veces en vano, hasta que decidió acercarse a la puerta del cuarto y golpear a varias veces. Nadie abrió. Inquieto, entró. Volvió a llamarla: «Ma, ma, reblum, glublum kaf wo to» sin que nadie respondiera.

En los diarios, la primera vez que Topheon describe el suceso, lo hace usando estas palabras:

«En ese momento me estremecí al percibir un atisbo de lo que pasaba. Entendí pero me esforcé en no creerle a la razón. Me acercó a la cama y toqué su cuerpo suavemente como si fuera a susurrar las buenas noches a un niño. No sólo no percibí ningún sonido, tampoco noté movimientos de respiración».

***

Con la partida de su madre, su gran compañía y, en cierto modo, la conexión más fuerte con la realidad, vino la destrucción del equilibrio perfectamente organizado de su vida. Topheon se vio, de un día para otro, perdido en el vacío de su ceguera; en el silencio del cuarto donde ya nadie dormía, de la cocina donde ya solamente entraba él, en la ausencia de eco del pasillo que nadie más recorría, en el silencio de la puerta que nadie más abría o cerraba, en la ausencia del olor matinal a café. Cayó en la profunda quietud de una súbita y palpable soledad.

Al principio, la inercia de la rutina le sirvió cómo guía y soporte. Pero aquella rutina también mostraba los vacíos amargados dejados por la ausencia de su madre. Sin ella, la media hora de charla después de cenar, se volvía en un silencio pesado e insoportable. Los sábados de mercado sin la voz y guía de su madre, eran días largos y difíciles. Ya no había caminatas en su compañía, ya no había quién lo exhortara a salir.

Después de varias largas y agrias semanas, tuvo que aceptar el permiso por duelo de unos cinco días. Durante aquellos cinco días Topheon no durmió más de unas tres horas por día y no comió más de una vez por día. El silencio de la casa no sólo era pesado, era como una prisión, una verdadera ceguera para Topheon:

«La mente sólo descansa cuando escucha el silbar de un pájaro, cuando pasa alguien por enfrente de la casa. Solo cuando el oído logra abrazar el sonido de algo, me siento más tranquilo. En el silencio de este lugar no existe nada más que esta sensasción, este vértigo. Entonces entro en el juego, pero allí ahora el sonido de las cosas me parece falso».

Al cabo de los cinco días, Topheon estaba determinado a alejarse de Guacardom. Su decisón no sólo fue rotunda, fue drástica y, además, reultaría siendo definitiva. El pueblo donde había vivido desde su nacimiento de manera ininterrumpida por 35 años de repente era demaisado silencioso y opresivo.

El día que debía volver a trabajar, Topheon no sé presentó. Al día siguiente se presentó pero con una carta de renuncia y un archivo para permitir que su remplazo entendiera rápidamente lo que se tenía que hacer.

***

Penko dzinko

Del duelo y del dolor surgió fuego con el que Topheon impulsó una vida nueva. Después de presentar la carta de renuncia, Topheon tomó una gran parte de sus ahorros y compró varios tiquetes. Primer tomó un tren hasta la capital, un bus hasta el aeropuesto, luego un avión de diez horas hasta Yspán y finalmente un avión de una hora hasta Walha, el país donde vivía David. Durane las horas de viaje Topheon se repetía, como para tranquilizarse, que solamente iría por unos meses hasta que su corazón se apaciguara, después volvería a Guacardom.

A la capital de Walha Topheon llegó borracho por la vigilia. Las miles de voces agitadas pasando por aquí y por allá eran como ecos indecifrables en un sueño. Gentes apuradas, cansadas, hablando en sus miles de idiomas, como si la globalización nunca hubiera existido. Entonces el recuerdo de Guacadom y su quietud se disiparon un poco. Topheon buscó un rincón tanteando el suelo con su bastón. Una vez encontrado, logró establecer la conexión de su teléfono y esperó.

Esperó sin saber esperar unos minutos, una media hora. Desde la noche anterior al día cuando partió de Guacadom, Topheon no había dormido más que una hora y la larga vigilia producía pensamientos sombríos. El temor y exitación se turnaban para acobijar su corazón. De repente tuvo la idea, casi la certitud de que David nunca vendría. Con todo, la exitación endormecía un poco la desolación interior. El fuego seguía quemando en silencio más allá del miedo y de la tristeza para producir energía y esperanza. Sin embargo, aún en medio de la algarabía, el silencio, el vacío de Guacardom no terminaba de ceder.

Entonces, al cabo de cuarenta minutos, un sonido suave, alegre, ameno, surgió de entre el ruido y los oídos de Topheon lo reconocieron como otros reconocen la sonrisa de un amigo en la distancia. Una voz lo llamó desde la distancia. «Topheon, lidom tin domblum! Nas os kurken blum!», gritó aquella voz usando el mismo idioma que su madre. «Topheon, quédate allí, ya voy hacia ti», le decía David.

«Perdón por la espera», le dijo David ofreciendo una amplia sonrida que Topheon no vio. «Tienes que estar cansado ¿Tienes hambre? ¡Qué calor! Bueno iremos a casa y podrás descansar un poco». Mientras decía esto David tomó la manos de Topheon y le puso un sándwich envuelto en papel. «Es un sándwich», dijo después David volviendo a sonreir y, a pesar de que no viera nada. Topheon entonces abrió los párpados dejando que sus ojos encarasen el mundo y, sin poder ver nada, escuchó las voces de la gente, sintió el calor del lugar, el ajetreo de las personas, percibió la presencia de David; y al mismo tiempo, en su interior sintió el pesar que el fuego no terminaba de consumir. Su mirada se tornó y el iris de sus ojos relució como ámbar. Topheon le devolvía la sonrisa.

«!Me alegro encontrarte! Tienes las manos calientes», dijo Topheon soriendo.

David permanceció en silencio un rato, quizás observaba aquellos ojos ciegos que de frente parecían mirarlo, tal vez pensaba que no se asemejaban en absoluto a los ojos de un ciego. Pero, en el fondo, dentro de aquel ámbar en cada una de las pupilas, había sido atrapada el alma de un sere oscuro en el cual la luz nunca entraría. Topheon dejó caer su mirada al suelo. David no dijo nada pero tal vez fue capaz de percibir cómo en el rostro todavía sonriente de Topheon una nostalgia comenzaba a formarse, nostagía que ya nunca más desaparecería.

«¡Bueno vamos!», dijo David rompiedo el ruido de fondo con sus palabras y haciendo que Topheon volviera a cerrar los ojos. David tomó la manó de Topheon que no sostenía el sándwich y la puso en su brazo. Así andaron ambos hasta la salida el carro de David. Este condujo a Topheon hasta su casa.

Una vez hubieron llegado, el cansancio no dejó más espacio para conversaciones ni preguntas. David le ofreció un habitación con un computador y los accesorios necesarios para ingresar UltraGranatam. Topheon se acostó y no tardó en dormirse.

De esta manera comenzó Topheon una vida en Walha lejos, terriblemente lejos de Guacardom.

***

La Federación del Oeste, de la cual Walha hacía parte, reclutaba desesperadamente personas de todo el mundo para poblar su terrenos desolados y vacíos. Los oriundos de Koldom, como los blaquenses, no hacían parte de la población prioritaria pero su presencia no estaba demás. Por otro lado, la Federación del Oeste, sumida en una moralidad asolapada, ansiaba acumular recursos humanos de diferentes culturas para mostrarse como un espacio acogedor más allá de las gentes del desierto del sur. Así fue como, con la ayuda de David, se creó un nuevo trabajo en un centro comunitario como apoyo a inmigrantes de habla hispana con el cual Topheon podría integrase.

Así como los días soleados desaparecen poco a poco dejando paso a días nublados se siguen unos tras otros durante los meses de lluvia, asimismo la borrasca se hace lluvia, esta se hace llovizna y luego las nubes se apartan de nuevo y dejan paso a la luz solar.